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Santo Domingo de Guzmán y las huellas de la memoria PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Carmen Tamacas   

Es domingo. La iglesia parroquial de Santo Domingo de Guzmán, en Sonsonate, luce atestada.

El ambiente es caluroso pero no dan ganas de salir de allí: decenas de niños despeinados y de mirada juguetona, señoras de profundas arrugas y ancianos de sombrero curtido por el sol, me dicen que estoy en compañía de mi pueblo. Algunas de las presentes llevan puesto el distintivo refajo, o falda multicolor heredada de nuestros antepasados indígenas.

El coloquio sigue pero con mi compañero Jorge Colorado -ambos estudiamos antropología- seguimos con nuestro cometido académico: buscar a algunos de los pocos nahuablantes que sabemos viven todavía en algunas de las sinuosas callecitas empedradas de Santo Domingo.|

Buscar a los abuelos que todavía hablan el idioma que es más nuestro que el castellano y que está a punto de morir es fácil si se cuenta con la ayuda de don Genaro Ramírez, director de la Casa de la Cultura.

El pequeño aposento está ubicado en la calle principal, tenemos que subir unas cuantas gradas y encontramos a don Genaro ocupado, atendiendo a dos estudiantes de la Universidad de El Salvador.

Consultan unos libros que conocemos, entre ellos las Leyendas de los pipiles de Izalco, del alemán Leonhard Shultze Jena, uno de los pioneros en estudiar el náhuat, una de nuestras lenguas vernáculas.
Y es que esta modesta casa, sin habitaciones, tiene un rótulo escrito a mano que dice: "Ne gal gan witset ne mu muchtianit tajnaniat tay muneguit ik muchi ipal ne techan", que significa: "La casa donde vienen los estudiantes a preguntar lo que necesitan y de todos los del pueblo".
Esperamos a que llegue nuestro turno y don Genaro, un poco sorprendido por nuestra presencia -llegamos sin anunciarlo- nos habla acerca de cómo se las ha ingeniado para que el náhuat sea difundido entre las nuevas generaciones.
Él fundó una escuelita que funciona ordinariamente en la casa parroquial donde unos 25 niños van a aprender las primeras letras en náhuat.  

 
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Del menosprecio a la costumbre
Hay muchas personas que desconocen que aproximadamente el 10 por ciento de los salvadoreños son indígenas. Y tampoco saben que hay todavía unas 500 familias que hablan el náhuat.

Se considera que esta lengua está a punto de morir, porque ya casi nadie la habla. Es triste, pero es cierto. En Santo Domingo de Guzmán hay algunas personas que pueden hablarlo, no en una forma de comunicación alternativa, sino como parte de su cotidianidad.
Don Genaro amablemente nos conduce a la casa de doña Isabet García, de 54 años, quien conoce algunas palabras, aunque dice que no es capaz de hilar una conversación.

Está apurada con las labores domésticas del mediodía pero nos lleva a su pequeño taller de alfarería, ya que se dedica a elaborar un tipo de cocina llamado "Lorena", que fue concebido para ahorrar leña.
Después de que nos ha explicado el proceso de elaboración de las cocinas y de otros utensilios -de cuya venta obtiene algunos ingresos- nos cuenta que las palabras que más utiliza son "cinti"o maíz; "gúmit", olla; "cuyámet", cerdo; "at", agua y "gunet" que significa niño.

Su vida, según nos narra, oscila entre la quietud del pueblo y las labores cotidianas en la cocina y el taller. Solamente uno de sus hijos está interesado en aprender el náhuat.

Dejamos la casa de doña Isabet y nos dirigimos a otra sencilla vivienda, tan sencilla que ni siquiera tiene puerta.
Eso nos dice mucho de la tranquilidad del pueblo, pero también de la escasez de los recursos de los habitantes: habría muy poco qué robar en la casa de doña Fidelina García: el cuarto de la entrada es sencillo, sólo hay dos tapexcos (camas de madera con pitas y petates como colchón).

Pero la sencillez de su casa no opaca la disponibilidad de doña Fidelina para recibirnos. Ella ha dedicado gran parte de sus 63 años a la alfarería y sus comales yacen directamente sobre el suelo de tierra.

Mientras hace descansar las manos sobre el refajo, nos relata las duras condiciones en las que vive con ocho parientes más, entre hijos y nietos. La alfarería apenas deja unas pocas ganancias pero no deja de hacerlo porque eso le da sentido a su existencia.

Así como tampoco deja de habla náhuat; pero lamenta que su parentela ya no quiera hablar la lengua que le enseñaron su madre y su abuela. "La mayoría de gente hacen burla, los jóvenes que están en la calle dicen: viejas locas, dejen de estar hablando así porque eso ya se terminó". Recuerda que antes nadie se burlaba porque casi todos "platicaban así".

¿De dónde viene ese menosprecio hacia nuestro pasado? Hay que remontarse hasta 1932, cuando el genocidio ordenado por el entonces presidente Maximiliano Hernández Martínez sentó las bases para el menosprecio de todo lo que fuera indígena, que fue ligado directamente a la sublevación campesina de enero de ese año.

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